A veces buscamos a Santa Rita como si fuera la dueña de los milagros, una última carta que jugar cuando todo lo demás falla. Pero ella no hace magia ni tuerce la voluntad de Dios a cambio de unas cuantas palabras. Lo que hace es sentarse a tu lado cuando no ves salida. Conoció el dolor crudo: un matrimonio violento, la muerte trágica de su esposo, la pérdida de sus hijos y la incomprensión. Cuando le pides que interceda por tu causa imposible, te estás apoyando en alguien que ya cruzó la oscuridad y sabe que, al final del túnel, la única luz que sostiene es la de Cristo.
Cuándo rezar esta oración
Cuando el médico no da esperanzas, cuando el aviso de desalojo está sobre la mesa o cuando llevas años esperando que un hijo vuelva a casa. Se reza cuando el nudo está tan apretado que tus propias manos ya no pueden deshacerlo. No es una oración para los contratiempos menores, sino para esas noches en las que el miedo al mañana te roba el sueño y sientes que te quedas sin aire. Santa Rita es la abogada de lo imposible porque entendió que nuestra impotencia es el lienzo donde Dios decide actuar. Acudes a ella cuando necesitas a alguien que le diga al Señor, con la urgencia de quien ha sufrido mucho y amado más: mira a tu hijo, ya no puede más, ven a socorrerlo.
Para meditar
Rezar a Santa Rita nos enseña algo profundo sobre cómo actúa Dios. A menudo queremos que el Señor borre el problema de un plumazo, que el mar se abra inmediatamente para que podamos pasar. Sin embargo, la vida de esta santa nos recuerda que la gracia a veces trabaja en el silencio y en la espera. Ella no vio cambiar a su esposo de la noche a la mañana; pasaron años de paciencia, oración y lágrimas antes de su conversión. Al pedir su intercesión, no estamos exigiendo un resultado a nuestra medida, sino pidiendo la fuerza para sostenernos en pie mientras Dios hace su obra. La oración cambia primero el corazón de quien la reza. Te vacía de la angustia paralizante para llenarte de una confianza desnuda: la certeza de que, aunque el panorama sea desolador, no estás abandonado. Santa Rita te toma de la mano y te lleva al pie de la Cruz, recordándote que el sufrimiento, cuando se une al de Cristo, nunca tiene la última palabra.
Cómo hacerla tuya
Busca un lugar donde puedas estar a solas y en silencio, aunque sea un rincón de tu habitación o un banco vacío en la iglesia. No te preocupes por encontrar palabras rebuscadas ni por repetir la oración un número exacto de veces. Habla con la misma franqueza con la que le contarías tu dolor a una madre. Si tienes ganas de llorar, llora. Mantén la constancia, no para convencer a Dios por insistencia, sino para que tu propio corazón se vaya abriendo a la paz que Él quiere darte. Deja tu petición en sus manos y confía en su amor.
Deja un comentario