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  • Salmo 145: cómo alabar a Dios cuando todo parece derrumbarse

    Este salmo es la oración de quien ha perdido el norte. Mientras la liturgia lo reserva para momentos donde la Iglesia celebra la soberanía de Dios, tú puedes hacerlo tuyo ahora, cuando el suelo bajo tus pies se siente movedizo. Quizás es el diagnóstico médico que no esperabas, la soledad de una casa vacía o la angustia por un hijo que no vuelve a casa. No necesitas oraciones rebuscadas cuando el dolor aprieta. El salmista no se esconde; se planta ante su Rey y, a pesar de la tormenta, decide ensalzarlo. No es una negación de tu realidad, sino una forma de recordar quién tiene la última palabra sobre tu vida.

    Cuándo rezar esta oración

    Reza este salmo cuando sientas que tus fuerzas se agotan y tu capacidad de entender lo que te ocurre ha llegado a su límite. Es especialmente útil en esos días donde la ansiedad por el futuro te impide ver el presente, o cuando te sientes pequeño ante una injusticia o un problema económico que te supera. No se trata de recitar palabras por inercia, sino de reconocer que, aunque tú no tengas el control de los acontecimientos, Dios sí sostiene los hilos. Si estás abrumado por un duelo reciente, un despido laboral o una ruptura familiar, esta oración te ayuda a centrar tu atención en la fidelidad de Dios, que sostiene a los que vacilan, en lugar de mirar constantemente hacia el abismo de tus propios temores.

    Salmo 145

    Te ensalzaré, Dios mío y Rey mío, y bendeciré tu nombre por los siglos de los siglos; cada día te bendeciré y alabaré tu nombre siempre. Grande es el Señor y digno de toda alabanza, y su grandeza es insondable.
    Una generación contará a la otra tus obras y proclamará tus proezas. Hablaremos del esplendor de tu gloria y meditaremos en tus maravillas. Se dirá de la fuerza de tus terribles portentos y yo relataré tu grandeza. Todos recordarán tu inmensa bondad y celebrarán con júbilo tu justicia.
    El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Él es bueno con todos y su ternura se extiende a todas sus criaturas. Que todas tus obras te den gracias, Señor, y que tus fieles te bendigan. Que proclamen la gloria de tu reino y hablen de tu poder, para que los hombres conozcan tus hazañas y el esplendor glorioso de tu reinado. Tu reino es un reino por todos los siglos, y tu dominio perdura por todas las generaciones.
    El Señor es fiel en todas sus palabras y santo en todas sus obras. Él sostiene a los que vacilan y endereza a los que están encorvados. Los ojos de todos aguardan en ti, y tú les das su alimento a su tiempo. Abres tu mano y sacias con beneplácito a todo viviente. El Señor es justo en todos sus caminos y fiel en todas sus acciones.
    «El Señor está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan con sinceridad» (v. 18).
    Él cumple el deseo de quienes le temen, escucha su clamor y los salva. El Señor guarda a todos los que le aman, pero destruirá a los impíos. Mi boca proclamará la alabanza del Señor, y toda carne bendecirá su santo nombre por siempre y para siempre.


    Para meditar

    El salmista proclama que el Reino de Dios es eterno. Esta es la verdad que cambia tu perspectiva cuando todo lo que ves a tu alrededor parece temporal y frágil. Al decir ‘Dios mío y Rey mío’, no estás usando un título honorífico; estás declarando quién tiene la potestad sobre tus días. El texto menciona que Él ‘endereza a los que están encorvados’. Esa es la imagen exacta de quien vive bajo el peso de la culpa o el cansancio crónico. Al rezar este salmo, no buscas que Dios cambie mágicamente tus circunstancias externas, sino que transforme tu mirada sobre ellas. Reconocer su grandeza y su bondad inmensa te obliga a salir de ti mismo, rompiendo el círculo vicioso de tus propios pensamientos. Cristo, quien nos enseñó a llamar a Dios ‘Padre’, es quien salva y quien da sentido a este clamor. Tú no alabas para obtener un favor, sino para ajustar tu corazón a la realidad de que no estás solo en tu batalla. Su justicia y su misericordia son el refugio seguro donde puedes dejar caer tus defensas y descansar, sabiendo que Él escucha sinceramente a quien le invoca con la verdad de su propia miseria.

    Cómo hacerla tuya

    Busca un momento de silencio real, sin música de fondo ni distracciones, preferiblemente al inicio o al final del día. No intentes leerlo todo de corrido si el corazón no te da para tanto; detente en cada versículo. Cuando digas ‘el Señor sostiene a los que vacilan’, haz una pausa y piensa en tu propia vacilación actual, dejando que esa frase repose en tu alma. Hazlo con la sencillez de quien habla con un amigo, sin buscar palabras elocuentes. Si la fatiga es mucha, basta con leer un par de versículos y pedirle a la Virgen María que te ayude a poner la misma confianza que ella tuvo ante el misterio de la voluntad de Dios.