A veces imaginamos que nuestra relación con Dios debe ser una línea recta y ascendente, donde la fe nos hace inmunes a la angustia. Al rezar este salmo, descubres que la fe no es ausencia de sufrimiento, sino la capacidad de reconocer quién sostiene tu vida en medio de la tormenta. No le pides a Dios que te ahorre las dificultades de la vida, sino que no te abandone mientras las atraviesas. Es un error común pensar que acercarse a Él significa que ya no habrá más ‘abismos’ o ‘sufrimientos’. La verdad es que Dios es tu refugio precisamente porque Él conoce esos abismos, y es allí donde Él se hace presente, firme como una roca, sin importar lo que sientan tus emociones.
Cuándo rezar esta oración
Este salmo acompaña bien los momentos en que la vulnerabilidad se hace más evidente. Quizás notas que tu cuerpo ya no responde como antes, o el paso del tiempo te ha traído un sentimiento de irrelevancia frente a la rapidez del entorno. También es una oración necesaria cuando sientes que las fuerzas te fallan ante una enfermedad prolongada, o cuando el aislamiento social empieza a pesar como una sombra. Rezarlo no borra los achaques ni los problemas familiares, pero ordena tu interior: te permite pasar de la queja por lo que has perdido a la memoria agradecida de lo que Dios ha hecho contigo desde tu juventud. Es el salmo de quien ha comprendido que, aunque la salud decline y los planes cambien, la fidelidad de Dios permanece como el único cimiento que no se mueve.
Salmo 71
Señor, en ti me refugio; que nunca me vea confundido, pues eres mi roca inquebrantable y mi baluarte. Escucha mi clamor, tú que eres mi justicia, inclina tu oído hacia mí y ven pronto a socorrerme. Sé para mí una fortaleza donde habitar, un lugar seguro donde siempre pueda encontrar protección, pues tú eres mi defensa y mi castillo.
Líbrame de las manos de quienes me oprimen, de las garras del injusto y del violento. Porque tú, Señor, has sido mi esperanza desde mi juventud, la confianza que me sostuvo desde que salí del seno materno. En ti me he apoyado siempre; tú me has guiado y sostenido, y por eso mi alabanza siempre está dirigida hacia ti.
Muchos me miran como un prodigio, pero tú eres mi refugio sólido. Que mi boca se llene de tu gloria y de tu esplendor durante todo el día. No me abandones ahora que llegan los años de la vejez; cuando mis fuerzas decaigan, no me desampares. Mis enemigos murmuran contra mí y conspiran para quitarme la vida, diciendo que Dios me ha dejado, pero tú no te alejes, Dios mío; ven pronto en mi auxilio.
Que perezcan quienes se oponen a mi alma, que sean cubiertos de vergüenza y deshonra quienes buscan mi mal. Yo, por mi parte, mantendré siempre la esperanza y añadiré alabanza sobre alabanza. Mi boca contará tu justicia y tu salvación a lo largo de todo el día, aunque no pueda enumerarlas todas. Vendré con los prodigios del Señor; recordaré tu justicia, la tuya sola.
«Desde mi juventud me has instruido, Dios mío, y hasta hoy anuncio tus maravillas» (v. 17).
Dios mío, no me abandones ahora, ni siquiera cuando llegue a la ancianidad y a las canas, para que pueda seguir anunciando tu poder a la siguiente generación, tu valentía a todos los que han de venir. Tu justicia, Señor, llega hasta lo más alto del cielo; tú has hecho obras grandes. ¿Quién es como tú? Aunque me hayas hecho pasar por muchas angustias y sufrimientos, volverás a darme vida y me sacarás de los abismos de la tierra. Acrecentarás mi grandeza y volverás a consolarme.
Entonces te alabaré con el arpa por tu fidelidad, Dios mío; te cantaré salmos con la cítara, Santo de Israel. Mis labios se llenarán de júbilo al cantarte, y también mi alma, a la que has rescatado. Mi lengua proclamará tu justicia durante todo el día, pues han quedado confundidos y avergonzados quienes buscaban mi perdición.
Para meditar
El salmista no se esconde ante Dios: admite su debilidad, sus miedos y la presencia de quienes murmuran contra él. Lo más impresionante de este texto es cómo une el pasado con el presente. El orante no necesita inventar nuevas razones para confiar; basta con recordar cómo Dios ha estado presente desde su nacimiento. Esta es la base de la esperanza cristiana: no confiamos en Dios por lo que esperamos que haga mañana, sino por lo que ya ha demostrado ser en nuestra historia personal. Al pedir que Dios no lo abandone en la vejez, el salmista no está expresando una duda, sino una necesidad profunda de intimidad. Dios no es un concepto lejano, es un padre que sostiene. Cuando el salmista dice ‘tú has sido mi esperanza desde mi juventud’, está afirmando que su vida no ha sido un accidente, sino un camino guiado. Al rezar estas palabras, te colocas en la misma posición: reconoces que tu vida, con sus luces y sus sombras, ha estado bajo la mirada del Señor. No se trata de obtener una recompensa por haber sido fiel, sino de reafirmar que, al final del día, tu única justicia y tu única salvación provienen de Él, quien rescata tu alma para que puedas seguir anunciando su gloria.
Cómo hacerla tuya
No busques el momento perfecto ni una emoción intensa. Lee este salmo lentamente, idealmente por la mañana o al terminar el día, cuando el silencio permite ver las cosas con más claridad. Si hay una frase que resuene especialmente con tu situación actual, quédate ahí. No es necesario terminar todo el texto de una vez si te sientes cansado. Si te descubres distraído, vuelve al texto con sencillez, sin juzgarte. La oración es un diálogo, no una tarea que cumplir. Úsalo como una forma de ofrecer a Dios tus limitaciones físicas o tus preocupaciones actuales, recordando que Él ya conoce lo que te duele y que tu oración es simplemente abrirle la puerta a su consuelo.