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  • Salmo 86: Dios escucha en la angustia

    Muchas veces pensamos que para orar debemos estar serenos, con la mente clara y el corazón en paz. El Salmo 86 nos enseña lo contrario: Dios prefiere que te acerques a Él tal cual estás, incluso si estás deshecho. No necesitas organizar tus pensamientos ni buscar palabras elegantes. Cuando dices ‘Inclina tu oído, Señor’, estás reconociendo una verdad sencilla: Dios no es un juez distante esperando a que seas perfecto para escucharte. Al contrario, Él se hace cercano precisamente cuando tu pobreza es más evidente. Este salmo no es una fórmula para salir del paso, sino el reconocimiento de que solo en su presencia encuentras la fuerza necesaria para afrontar la realidad que te toca vivir hoy.

    Cuándo rezar esta oración

    Reza este salmo cuando sientas que las fuerzas te abandonan, ya sea por un diagnóstico médico que te atemoriza, la soledad de una casa vacía, o la frustración de no encontrar un camino claro ante un problema familiar grave. Es una oración adecuada cuando te sientes pequeño, superado por las circunstancias o incomprendido por quienes te rodean. No es necesario esperar a estar al borde del abismo; se reza también cuando reconoces que tu propia prudencia no basta para tomar una decisión importante. Ayuda a situar tu angustia delante de Dios, evitando que te encierres en tu propio dolor o en la desesperanza. Al rezarlo, dejas de cargar con todo sobre tus hombros y permites que sea el Señor quien sostenga tu alma, recordando que Él es compasivo y clemente, incluso cuando tú no logras sentir su cercanía.

    Salmo 86

    Inclina tu oído, Señor, y escúchame, pues me encuentro pobre y necesitado. Guarda mi alma, ya que soy fiel a tu alianza; sálvame a mí, tu siervo, que en ti he puesto toda mi esperanza. Ten piedad de mí, Dios mío, pues clamo a ti durante todo el día. Llena de alegría el corazón de quien te pertenece, porque hacia ti elevo mi espíritu. Tú eres, Señor, bondadoso y dispuesto al perdón, rico en amor para todos los que te invocan.
    Presta atención a mi oración, Señor, y atiende la voz de mis súplicas. En el momento de mi angustia te llamo, y sé que me responderás. Ninguno de los dioses creados por las manos de los hombres se te parece; no hay obras comparables a las tuyas. Todas las naciones que has creado vendrán a postrarse ante tu presencia, Señor, y glorificarán tu nombre, porque tú eres grande y realizas maravillas; tú eres el único Dios.
    Enséñame tu camino, Señor, para que yo camine en tu verdad; haz que mi corazón sea sencillo y tema tu nombre. Te daré gracias con todo mi corazón y glorificaré tu nombre eternamente, porque tu amor por mí es inmenso y has librado mi alma de lo más profundo del abismo.
    Dios mío, gente arrogante se ha levantado contra mí, una multitud de violentos busca mi vida y no te tienen presente. Pero tú, Señor, eres un Dios compasivo y clemente, paciente, lleno de amor y de verdad. Vuélvete hacia mí y ten compasión; otorga tu fuerza a tu siervo y salva al hijo de tu esclava. Dame una señal de tu bondad, para que mis enemigos se avergüencen al ver que tú, Señor, me ayudas y me consuelas.
    Como dice la Escritura: «Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en amor para todos los que te invocan» (v. 5). Y también: «Enséñame, Señor, tu camino para que camine en tu verdad» (v. 11).


    Para meditar

    El Salmo 86 es un movimiento de confianza radical. Lo primero que destaca es cómo el salmista presenta su miseria no como una vergüenza, sino como un argumento para ser escuchado: ‘pues me encuentro pobre y necesitado’. Es un recordatorio de que nuestra fe no se basa en nuestros méritos, sino en la bondad de Dios. Cuando pides ‘Enséñame tu camino’, estás renunciando a la soberbia de querer controlar el resultado de tu sufrimiento. Estás aceptando que Dios ve más allá de tu dolor inmediato. Al leer ‘has librado mi alma de lo más profundo del abismo’, no estás simplemente citando el pasado, sino profesando que, si Dios ha sido fiel antes, también lo será ahora. Esto cambia tu postura: dejas de pedir que Dios elimine tu problema inmediatamente y empiezas a pedir que Él esté presente en medio de él. La verdadera transformación ocurre cuando tu corazón, antes ocupado por la ansiedad o el miedo a tus ‘enemigos’ —que pueden ser personas o tus propios pensamientos derrotistas—, se abre a la verdad de Dios. Él no promete necesariamente quitar la cruz, pero sí promete ser el Dios que camina contigo, sosteniéndote y dándote la gracia de no desfallecer mientras atraviesas la prueba.

    Cómo hacerla tuya

    Busca un momento de silencio real, sin distracciones. No busques recitarlo rápido. Lee una frase, detente y deja que el sentido repose en tu interior. Si una parte del salmo resuena con tu situación actual —por ejemplo, la frase sobre la angustia o el pedido de enseñanza—, quédate ahí un rato, repitiéndola suavemente como una aspiración. Es una oración de abandono: no pretendas dictar a Dios cómo debe responderte. Disponte a escuchar, sabiendo que la respuesta de Dios llegará a su tiempo y según su voluntad, que siempre es mejor que la tuya. Hazlo con sencillez, como un hijo que confía en su Padre.