Cuarto Misterio Gozoso – La Presentación de Jesús en el templo

Este es el misterio gozoso que duele. José y María suben al templo a cumplir con lo que manda la ley, como cualquier matrimonio judío observante, y llevan la ofrenda de los pobres: dos pájaros, porque no les da para un cordero. Y allí, en medio del trámite, un anciano les dice algo que nadie esperaba oír.

El pasaje

Cumplido asimismo el tiempo de la purificación de la madre, según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén, para presentarle al Señor, como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que nazca el primero, será consagrado al Señor; y para presentar la ofrenda de un par de tórtolas, o dos palominos, como está ordenado en la ley del Señor. Había a la sazón en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, el cual esperaba de día en día la consolación de Israel o la venida del Mesías, y el Espíritu Santo moraba en él. El mismo Espíritu Santo le había revelado, que no había de morir antes de ver al Cristo o Ungido del Señor. Así vino inspirado de él al templo. Y al entrar con el niño Jesús sus padres para practicar con él lo prescrito por la ley, tomándole Simeón en sus brazos, bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa. Porque ya mis ojos han visto al Salvador que nos has dado, al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz que ilumine a los gentiles y la gloria de tu pueblo de Israel. Su padre y su madre escuchaban con admiración las cosas que de él se decían. Simeón bendijo a ambos, y dijo a María su madre: Mira, este niño que ves está destinado para la ruina y para resurrección de muchos en Israel, y para ser el blanco de la contradicción; lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma; a fin de que sean descubiertos los pensamientos en los corazones de muchos.

Lucas 2, 22-35 · Biblia Torres Amat

Qué contemplar

Contempla primero a Simeón. Ha esperado toda la vida, y lo único que se le prometió fue que no moriría sin verlo. Cuando por fin tiene al niño en brazos, no pide nada más: pide poder irse. «Ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo». Hay esperas que solo se entienden al final, y esta es la escena patrona de todas ellas.

Y contempla después lo que le dice a María. Nadie le anuncia una vida tranquila. Le dice que su hijo será blanco de la contradicción y que a ella una espada le atravesará el alma. Es la primera vez que alguien le avisa de que ser la madre del Salvador va a costarle. Y ella no huye ni protesta: escucha y sigue.

Aquí está también el dolor de María en su lugar exacto. Sufre de verdad, y su sufrimiento es real y valioso. Pero no es su espada la que salva a nadie: quien redime es el Niño que lleva en brazos. Ella acompaña la obra de su Hijo, no la sustituye ni la completa.

Qué pedir: el fruto de este misterio

El fruto es la obediencia. José y María suben al templo a cumplir con una ley que, en rigor, no les obligaba: ¿qué purificación necesitaba ella, y qué rescate el Hijo de Dios? La cumplen igual, porque formar parte de un pueblo es también aceptar sus caminos.

Reza esta decena cuando te toque hacer lo que hay que hacer sin ganas y sin aplauso: cuidar a alguien mucho tiempo, sostener un compromiso que ya no emociona, cumplir con lo tuyo cuando nadie mira. Y rézala también si estás en la parte de la profecía: si te acaban de decir algo sobre tu vida que no querías oír.

Es el cuarto misterio gozoso. Los gozosos se rezan los lunes y los sábados.

El orden completo del Rosario está en la guía paso a paso, y los cinco de este grupo en misterios gozosos.

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